En mi mundo interior | Mamá
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Mamá

Mamá

Mañana es el día de la Madre. Pero para mí es todos los días.

 

Nuestra relación empezó unos meses antes de yo nacer, cuando flotaba feliz en tu interior. Qué calorcito sentía ahí dentro, en el líquido amniótico, y cuánta guerra te dí. Los primeros meses casi ni te dabas cuenta, pero luego empezaste a subir de peso, y yo no paraba quieto. Si querías dormir, y yo no, te despertaba. Si tenía hambre, comías. Y si me daba por jugar al futbol, contra tí, ahí que empezaba a darte patadas.

 

No recuerdo el día que decidí salir. Pero estoy seguro de que no quería. ¿ A dónde voy? ¡¡¡¡¡Yo quiero seguir aquí dentro para siempre!!!! Pero bueno, la naturaleza me empujó, y tras hacerte bastante daño vine al mundo. Menudo jaleo de sangre que montamos…

 

– Ay Dios, menuda nalgada que me acaban de dar.

Como para no llorar…

 

– Pero bueno, esta señora quién es… ¿Y por qué nos corta ese cordón? Dios mío. ¿ Y ahora cómo hago para alimentarme? Yo quiero volver para dentro, que esto es el infierno…

Ah, no, que me llevan a tus brazos. Mmmm, qué rico, cuantas ganas tenía de verte, y poder abrazarte.

 

Los primeros meses aquí fuera, son alucinantes.

 

– Y cómo me gusta que me des el pecho. Ñammmm. ¡¡¡¡Qué hambre!!!

(Eso si, perdóname pero muchas veces no te dejaré dormir. Es que tienes que ver cómo me duele que me salgan los dientes… Uffff).

 

– Dame un poco de leche condensada, que está muy buena, y hace que se me olvide.

(Mira que te di la tabarra, y a papá también, pero siempre estaban ahí para consolarme, y no me dejes solo en la habitación, que te echo mucho de menos).

 

Y fuí creciendo, y no paraba de caerme, y de darme porrazos por todas partes. Y venga corriendo conmigo al médico. Y cuántos sustos. Convulsiones, resfriados, y otras enfermedades infantiles. Y todo lo dejabas para que me pusiera bueno.

 

Hasta que no me enseñaste a usar los cubiertos, me alimentaste cucharada a cucharada, para que nunca me faltara nada. Si estornudaba, me limpiabas, si me ensuciaba, me lavabas, si tenía frío, me abrigabas, si crecía y la ropa se me quedaba pequeña, me comprabas cosas nuevas. Si es que nunca me faltó de nada.

 

Cada noche, me llevabas a la cama, y te quedabas pendiente hasta que me dormía. Y si de repente, en mitad de mis sueños, me despertaba, ahí aparecías tú, somnolienta, hasta que volvía a caer frito.

 

Por la mañana, cuando me despertabas, ahí estaba el desayuno, y comenzaba el proceso para vestirme. Me bañabas, me peinabas, elegías mi ropa, y me la ponías. Y venga, para el colegio, que llegamos tarde. Al salir de clase, siempre estabas en la puerta, para recogerme, y darme un paseo. Vamos al parque, o a jugar, o a caminar, y aunque estuvieras cansada, o quisieras hacer otra cosa, nada importaba. Siempre estabas ahí. Y mientras tanto tenías también la casa, el trabajo, las cosas de la familia, tus amigas, y todo lo demás. ¡¡¡Y sacabas tiempo para todo!!!

 

Cuando comenzó la adolescencia, me rebelé, y tú lo entendiste. Marcaste límites, te enfadaste, y me corregiste. Hablaste conmigo, y me explicaste cómo debía ser mi vida. Me ayudaste a estudiar, a veces aunque ni tú misma entendieras la materia, me preguntabas si tenía hechos mis deberes, y controlabas qué tal me salían los exámenes. Siempre pendiente, siempre vigilante, siempre cuidando.

 

Y me hice mayor. Ya podía votar. E incluso vivir solo. Pero a pesar de eso, seguías ahí. Pendiente, cuidando, vigilando. Y corrigiéndome cuando fallaba, que han sido muchas veces. Pero tú siempre estabas, protegiendo.

 

Siempre has estado pendiente de mi entorno, de mis amigos, de mis parejas. Nunca has cuestionado lo qué quería hacer con mi vida. Cualquier proyecto o idea que tuviera era la mejor del mundo. Siempre has dado tu opinión sobre las decisiones que he tomado. Y si por lo que fuera, me equivoquaba, tu mano siempre estaba ahí, tendida, por si necesitaba cogerla.

 

Hoy soy un adulto, y tu no tan joven, y aunque sea independiente, sigues mirándome a veces como a un bebé, porque hay cosas que nunca cambian. Y aunque a veces necesites mi ayuda, te cuesta pedírmelo, si intento colaborar, buscas la manera de que no tenga que hacerlo.

 

Eres mi madre, y a ti te debo la vida. Mis ojos son tuyos, mi boca, mis piernas, todo te pertenece, porque tú me lo diste. Me gestaste, me pariste y me cuidaste.

 

Mi madre, es una mujer muy especial, única, fuerte. Como la tuya.

 

Mañana es el día de la Madre. Pero para mí, es todos los días.

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